POR CAMILO RODRIGUEZ


Al fin llegué a casa, hacía semanas que no veía nuestra puerta. Entré y al observar detenidamente cada objeto de decoración caí en un estado entre la tristeza y la meditación.  Empecé a recordar los momentos más hermosos que vivimos en éste, nuestro hogar.

Cuando compramos nuestro apartamento lo primero que hicimos fue ir a buscar el mobiliario, ella se enamoró de éste sofá inmediatamente lo vio, “es un poco duro” dijo al sentarse en él, pero estaba decidida, vio algo en él que la enamoró al instante. En él pasamos nuestros momentos hermosos, llenos de esa alegría que ella irradia, vimos cientos de películas, compramos los tiquetes para nuestro viaje a Texas, dormimos luego de días de trabajo que parecieron eternos y dejamos aflorar nuestro amor de la forma más pasional. Alzo la mirada y veo una fotografía que ella cuidadosamente colocó en la pared perpendicular al sofá, estamos los dos en nuestro primer viaje juntos a la costa, aun éramos novios, aun no sabíamos lo trascendental de nuestra relación. Me levanté y entré en nuestro cuarto , caí arrodillado a un lado de la cama y, al recostarme sobre ella, pasó por mi cabeza cada uno de sus gestos, sin pensarlo me detuve en uno, ella cada vez que nos levantamos me mira con una sonrisa pícara y en sus ojos, profundos como el universo mismo, logro  reconocer un amor tan sincero como el de una madre hacia su dijo que solo recalca en mí que mi vida fue hecha para estar a su lado, física o espiritualmente, Aún en ese instante, entre agujas y cables, me seguía regalando esa mirada cada mañana.

Sin mucha demora caí en un sueño profundo producto de mi cansancio. La vi a ella, en la cima de una loma gigantesca, estaba sobre su caballo y la acompañaban nuestros dos perros. Me gritaba que subiera, que me tenía un sorpresa, Arranqué a correr para alcanzarla pero al cabo de una decena de pasos pies se comenzaron a tomar pesados, sentía que me hundía con cada paso que daba, sentía que perdía mi fuerza, hasta que llegó el punto en el que por más que lo intentaba no podría moverme, sentirá un impotencia que carcomía mis sentimientos y entre lágrimas y gritos que llevaban su nombre su imagen se fue volviendo borrosa, vi su silueta desaparecer cabalgando hacia el horizonte mientras sentía como mis cuerdas vocales ardían al intentar gritar más fuerte, no me escuchaba.

Me desperté de un salto, mi corazón latía a toda marcha y tenía lagrimas escurriendo por toda mi cara, sentí un vacío y un escalofrío indescriptible recorrió todo mi cuerpo, Después de asimilar mi vuelta abrupta a la realidad noté que eran las 6 a.m. y que el motivo de mi despertar era el sonido de mi celular. Contesté con la voz aun temblorosa, era su hermosa, - ¡Ven rápido! María die que quiere verte, que tiene que decirte algo de manera urgente. No te demores, por favor, me preocupa la forma en que lo dijo-. De un salto me levanté de la cama, me metí a la ducha para intentar disimular los rastros de una noche agitada, mientras con una mano me enjabonaba con la otra me cepillaba mis dientes y pensaba en lo soñado la noche que paso. Me vestí con la primera ropa que vi en el armario y salí de vuelta al cuarto de hospital que se convirtió en mi dormitorio durante las pasadas semanas.

6:20, mi estómago se estremecía entre mariposas y un hambre despiadada. Salí del apartamento, bajé por las escaleras para no perder tiempo esperando el ascensor, eran 8 pisos que baje en menos de un minuto, me senté en nuestro y al prenderlo comencé a pensar más claramente, sentí un alivio que aún no me explico. En ese momento comencé a pensar, ¿Por qué María me necesitaría tan urgentemente? Recordaba claramente que el día anterior, antes de irme, le había dicho que estaría allá a las 11:00 am. Pues tenía que cobrar un dinero al otro lado de la ciudad, ¿Qué podía ser que no pudiese esperar unas horas?

Salí del edificio en el carro, conduje lo más rápido que pude por el barrio, pero al salir a la autopista me topé con un trancón que avanzaba realmente lento, pensaba en las rutas alternas que podría tomar mientras avanzaba a una velocidad de más o menos 5 km/h, no tenía opción, una vez en la autopista cambiar la ruta era retrasarme aún más. Haciendo cuentas en ese momento me iba tomar una hora y media o dos horas llegar al hospital, estaba estresado, me dolía la frente de fruncir el ceño y las mariposas se comían a sí mismas para intentar calmar el hambre.

A eso de las 7:30 llegué al origen del trancón, un accidente que involucraba un camión y una camioneta, la camioneta que le prometí tantas veces regalarle a María apenas tuviera la capacidad económica. Aceleré a tope, creo que alcancé a rozar los 120km/h mientras zigzagueaba entre los carros y seguía cuestionándome sobre el origen de tan urgida reunión. En menos de 20 minutos llegué al hospital, estacioné el carro de la peor manera posible y corrí como si fuera la última vez que la iba a ver. Con el afán y el estrés olvidé el número de la habitación para informar a las enfermeras, pero una de ellas me reconoció.

La enfermera me miró con angustia, como que tenía algo que decirme y no sabía cómo. Me dijo que la siguiera y sin una palabra más agacho la cabeza y camino hacia el cuarto en el que se encontraba María. Abrí la puerta despacio para no hacer ruido, estaba oscuro, pensé que dormían y en ese momento vi a su hermano arrodillado a un lado de la camilla aferrado a la mano de mi esposa; volteó lentamente a mirarme y vi como de sus ojos escurrían lágrimas, susurro algo que no logré entender por un sonido en el ambiente que por el momento mi mente decidió ignorar. Me acerqué lentamente y cuando llegué a él lo escuche claro, “me pidió que te agradeciera por cada segundo y que seguiría a tu lado siempre”. En ese momento mi mente colapsó, escuché el sonido que hasta el momento ignoraba, era el electrocardiógrafo con ese sonido que nunca quise escuchar con ella sobre la camilla. Caí sentado contra la pared, me agarré la cabeza con desesperación, aun no lo asimilaba, me cuestionaba “¿Qué hubiera pasado si no hubiera cogido la maldita autopista por costumbre? Si no me hubiera arreglado para venir a verla ¿Hubiera alcanzado a despedirme?”. Mi mente daba vueltas tan rápido como una hélice de avión, arrojándome a mí mismo preguntas estúpidas para intentar encontrar un culpable al destino que me agobiaba.

Después de unos 20 minutos en el vacío entre la razón y el sentimiento me levanté, saqueé esas fuerzas que ella me enseñó a encontrar e momentos de caos, abracé a su hermano y caminé lo más tranquilo posible hacia la salida. Caminé 4 horas hasta llegar a nuestro apartamento y una vez allí me fundí con nuestra cama en un sueño en el cuál hoy continuo, 10 años después de la pérdida de mi alma, 10 años después de la despedida que solo le pude dar en el mundo en el cual somos eternos, nuestro sueño conjunto.

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